El ruido de los motores se había apagado para siempre, reemplazado por días tranquilos .
La guerra había quedado atrás, reducida a cenizas y a recuerdos lejanos que ya no tenían el poder de alterar sus sueños futuros, ahora vivían en una de las colonias de la familia Winner, una colonia nueva que ser la de refugio a quienes habían perdido todo durante las guerras, un lugar donde no importaban las huellas del pasado,
Sobre el alféizar de la ventana abierta, bañado por la luz dorada del atardecer sintético de la colonia, reposaba un elegante tallo de liatris, sus diminutas flores violetas, agrupadas en espigas verticales que florecían de arriba hacia abajo, portaban un mensaje silencioso pero inquebrantable: lo intentaré de nuevo.
Quatre se detuvo frente a la ventana, rozando con extrema suavidad las plumas aterciopeladas de la flor. Cada cicatriz en su piel y cada sombra en su memoria recordaban lo costoso que había sido llegar hasta ese lugar, pero al mirar el liatris le recordaba que sanar no era un camino lineal, sino la valiente decisión diaria de levantarse, perdonar el pasado y apostar otra vez por el futuro.
Trowa apareció en silencio por la puerta de aquella casa que ambos compartían, con las manos manchadas de tierra después de trabajar en el jardín que el rubio tanto amaba, su rostro mostraba una serenidad que ninguna batalla ganada pudo otorgarle jamás, al ver a Quatre contemplando la flor, se acercó despacio y lo rodeó con sus brazos por la espalda, apoyando el mentón en su hombro.
—¿En qué piensas? —murmuró Trowa con voz baja, sintiendo el ritmo calmado del corazón de Quatre contra su propio pecho y besando parte del cuello expuesto de este.
—En que a pesar de todo lo que perdimos, estamos aquí —respondió Quatre, girándose levemente para entrelazar sus dedos con los de él—. Y que cada amanecer es una promesa de que vale la pena intentarlo de nuevo, vale la pena seguir con nuestras vidas y sobre todo vale la pena amarnos.
Trowa sonrió con una franqueza absoluta apretandolo más entre sus abrazos, no quedaban rastros del piloto solitario ni del soldado sin nombre ahora solo era un hombre que había encontrado su hogar en los ojos claros de la persona que más amaba en el universo.
Con el perfume sutil del liatris flotando en el aire de la habitación, ambos supieron que su última y más importante misión ya estaba cumplida, vivir, y hacerlo juntos, una y otra vez, apoyándose y amándose por el resto de sus días.
fin
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