Era de madrugada. La luna brillaba solitaria sobre una ciudad sumida en un sueño profundo, solo el eco de unos pasos rápidos y firmes rompiendo el silencio sobre los adoquines delataba su urgencia.
El joven, de mirada profunda como el mar, se apresuraba por llegar a su destino.
Quién lo hubiera dicho, aquel departamento, que antes consideraba apenas un lugar donde pasar las noches, ya no era solo eso. Bastaron un par de meses y la arrolladora presencia de su compañero para alterar su vida rutinaria y tranquila. Él era como un huracán que lo ponía todo de cabeza, y aunque le costaba admitirlo, le encantaba. Amaba despertar cada mañana con sus piernas entrelazadas y el cabello castaño del otro desparramado sobre las sábanas,.disfrutaba del desorden que provocaba en la cocina al intentar preparar la cena y de esa mueca de enfado que ponía cuando él llevaba la contra a sus ideas más descabelladas. Pero, sobre todo, amaba la forma en que su simple presencia llenaba cada uno de sus vacíos. Sin darse cuenta, aquel departamento frío se había transformado en un hogar. En su hogar.
Ya habían pasado tres meses desde que vivían juntos y seis desde que, por fin, se habían atrevido a confesar sus sentimientos. El calor que le producía el esfuerzo de correr, en contraste con el frío gélido de la noche, le otorgaba una extraña sensación de vitalidad. Apenas había regresado de su misión, la cual se había prolongado un par de días más de lo previsto, no quiso pasar una noche más en las instalaciones. Salió corriendo. Quería verlo, sentirlo, aspirar su aroma a chocolate y escuchar su nombre susurrado en medio de la intimidad.
Solo quedaba una cuadra para llegar al edificio cuando vio a una figura que caminaba a paso rápido directamente hacia él. Sabía quién era, podría reconocerlo en cualquier lugar, incluso en la oscuridad. Corrió a su encuentro y, en mitad de la calle, ambos se fundieron en un abrazo.
—Ya llegué —susurró él al oído
—Bienvenido a casa, Heero —respondió el otro.
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