El ambiente en el departamento de Quatre era radicalmente distinto al silencio tenso de los días anteriores.
El aire olía a té de jazmín, incienso de canela y a la comida árabe que Quatre había preparado para celebrar la recuperación de Heero y Trowa.
Alrededor la mesa de centro, sentados en el suelo sobre una suave alfombra y varios cojines para estar más comodos, un complejo juego de mesa de estrategia se desplegaba, dados, fichas y pequeños personajes que los representaban.
—Derrota total —sentenció Wufei, cruzándose de brazos mientras observaba cómo Duo avanzaba su ficha por el tablero—. Tu estrategia es errática, Maxwell. No tiene lógica no tiene ni pies ni cabeza
—¡Eso es porque no es una estrategia, Wufei! Es puro caos, el estilo del Dios de la muerte !!—rio Duo, guiñándole un ojo a Heero, quien estaba sentado a su lado, observando el juego con una intensidad que cualquiera confundiría con análisis táctico, pero que Quatre sabía que era simple adoración.
Trowa, que tenía un brazo en cabestrillo pero mantenía su expresión imperturbable, movió una de sus piezas con calma.
—La lógica no siempre gana, Wufei. A veces, aceptar la derrota en un frente te permite ganar la guerra en otro —comentó Trowa, lanzando una mirada significativa hacia Heero.
Heero permaneció callado, sosteniendo su taza de té. La palabra "derrota" resonaba en su mente de una forma nueva. Durante años, perder una batalla era el fin del mundo, una falla en su programación como soldado. Pero ahora, mirando a Duo reír a carcajadas mientras intentaba convencer a Quatre de que le perdonara la vida en el juego, Heero entendía que había otro tipo de rendición.
—Te toca, Heero —dijo Quatre con suavidad— has estado muy concentrado, acaso intentas matarnos a todos a la vez como la última vez que jugamos.
Heero miró el tablero y luego a Duo, quien le daba ánimos con gestos exagerados para que borrara a Wufei del tablero, pero el castaño simplemente dejó su ficha a un lado.
—Acepto la derrota —dijo Heero con una voz clara y tranquila que hizo que todos en la mesa se detuvieran.
—¿Qué? ¡Pero Heero! —exclamó Duo, boquiabierto—. ¡Todavía tienes oportunidad! El Heero que yo conozco no se rinde ni aunque le disparen a quema ropa.
Heero lo miró fijamente, con una pizca de esa risa gentil que solo Duo lograba provocar.
—Hay batallas que no vale la pena ganar —respondió con sencillez—. Entendí que rendirse no siempre es debilidad. A veces, admitir una derrota ante lo que sientes es la única forma de ser libre.
Un silencio cómodo cayó sobre el grupo. Los antiguos pilotos de Gundam, hombres que habían sido diseñados para no rendirse jamás, entendieron perfectamente el subtexto. No hablaban del juego de mesa; hablaban de la armadura que Heero finalmente se había decidido abandonar.
—Vaya... eso fue profundo —susurró Duo, con las mejillas ligeramente sonrojadas, antes de intentar romper el hielo—Pero igual no significa que te dejes ganar , Wufei me matara en la siguiente ronda.
—vamos , no se supone que eres el Dios de la muerte —asintió Heero, permitiendo que Duo entrelazara sus dedos con los suyos bajo la mesa.
En ese momento, rodeado de sus amigos los cuales la vida los había transformado en sus hermanos y con el calor de Duo a su lado, Heero comprendió que haber perdido su identidad como soldado perfecto para convertirse en un hombre capaz de amar esa era, sin duda alguna, su más grande victoria
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