Odio
En la
quietud de su hogar actual, Quatre solía tocar su violín para alejar los
fantasmas del pasado, pero esa noche, sus dedos se detuvieron sobre las
cuerdas al ver a Trowa limpiar sus
cuchillos de combate por pura inercia.
El silencio
entre ellos no era el habitual de paz, estaba cargado con el peso de un
recuerdo compartido que ambos evitaban, la época en que el odio era su único
motor.
—¿Todavía
lo sientes, Trowa? —preguntó Quatre, su voz apenas un susurro que rompió la
tensión de la sala.
Trowa dejó
el cuchillo sobre el paño blanco, no necesitó preguntar a qué se refería, sus
mentes estaban conectadas por una red de batallas y tragedias que nadie más
podía entender.
—El odio no
desaparece, Quatre. Solo se entierra —respondió Trowa con su característica
frialdad, aunque sus ojos buscaban los del rubio—. Recuerdo el día que
destruiste aquella colonia con el sistema ZERO. Sentí un odio profundo... no
hacia ti, sino hacia el universo que obligó a alguien tan puro a convertirse en
un monstruo.
Quatre bajó
la mirada hacia sus manos, aún podía sentir el eco de la locura que lo invadió
cuando su padre murió, en aquel entonces, el odio lo cegó, una fuerza
destructiva que lo llevó a apretar el gatillo contra todo lo que amaba.
—Yo odiaba
todo —confesó Quatre, con una lágrima traicionera surcando su mejilla—. Odiaba
la guerra, odiaba a la Alianza, y por un momento, me odié a mí mismo tanto que
quería que el espacio se tragara mi existencia...el odio era lo único que me
mantenía despierto, lo único que me daba fuerzas para seguir pilotando.
Trowa se
levantó y caminó hacia la ventana donde el rubio se encontraba , puso una mano
sobre el hombro de Quatre, sintiendo el leve temblor del joven.
—Ese odio
casi nos destruye a ambos —dijo Trowa, obligando a Quatre a soltar su violín
para abrazarlo—. Pero fue ese mismo sentimiento el que nos hizo reconocer el
vacío en el otro, aprendimos que el odio es un fuego que consume al que lo
porta, y que la única forma de apagarlo era dejar que alguien más compartiera
la carga.
Quatre
hundió el rostro en el pecho de Trowa, aferrándose a su suéter recordó el
momento en la guerra en que Trowa se interpuso en su camino para detener su
locura, arriesgando su propia vida, fue el sacrificio de Trowa lo que
transformó el odio de Quatre en un dolor sanador que finalmente se transformó en amor.
—A veces
temo que el mundo vuelva a darnos razones para odiar —murmuró Quatre contra su
pecho.
Trowa lo
apretó con más fuerza, su mirada fija en el horizonte estrellado tras la ventana.
—Si el
mundo nos devuelve al odio, lo enfrentaremos juntos —sentenció Trowa—. Porque
ahora sé que incluso en medio del odio más puro, existe la posibilidad de
encontrar un refugio... Tú eres mi refugio, Quatre.
El violín
permaneció en silencio el resto de la noche, el odio seguía ahí, en las
cicatrices de sus cuerpos y en las sombras de sus memorias, pero ya no tenía
poder sobre ellos.
Habían convertido las cenizas de su pasado en los cimientos de un futuro donde el único sentimiento que reinaba era la gratitud de haber sobrevivido a sí mismos.
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