17 jul 2026

dia 17 odio

 Odio

 

En la quietud de su hogar actual, Quatre solía tocar su violín para alejar los fantasmas del pasado, pero esa noche, sus dedos se detuvieron sobre las cuerdas  al ver a Trowa limpiar sus cuchillos de combate por pura inercia.

 

El silencio entre ellos no era el habitual de paz, estaba cargado con el peso de un recuerdo compartido que ambos evitaban, la época en que el odio era su único motor.

 

​—¿Todavía lo sientes, Trowa? —preguntó Quatre, su voz apenas un susurro que rompió la tensión de la sala.

 

​Trowa dejó el cuchillo sobre el paño blanco, no necesitó preguntar a qué se refería, sus mentes estaban conectadas por una red de batallas y tragedias que nadie más podía entender.

 

​—El odio no desaparece, Quatre. Solo se entierra —respondió Trowa con su característica frialdad, aunque sus ojos buscaban los del rubio—. Recuerdo el día que destruiste aquella colonia con el sistema ZERO. Sentí un odio profundo... no hacia ti, sino hacia el universo que obligó a alguien tan puro a convertirse en un monstruo.

 

​Quatre bajó la mirada hacia sus manos, aún podía sentir el eco de la locura que lo invadió cuando su padre murió, en aquel entonces, el odio lo cegó, una fuerza destructiva que lo llevó a apretar el gatillo contra todo lo que amaba.

 

​—Yo odiaba todo —confesó Quatre, con una lágrima traicionera surcando su mejilla—. Odiaba la guerra, odiaba a la Alianza, y por un momento, me odié a mí mismo tanto que quería que el espacio se tragara mi existencia...el odio era lo único que me mantenía despierto, lo único que me daba fuerzas para seguir pilotando.

 

​Trowa se levantó y caminó hacia la ventana donde el rubio se encontraba , puso una mano sobre el hombro de Quatre, sintiendo el leve temblor del joven.

 

​—Ese odio casi nos destruye a ambos —dijo Trowa, obligando a Quatre a soltar su violín para abrazarlo—. Pero fue ese mismo sentimiento el que nos hizo reconocer el vacío en el otro, aprendimos que el odio es un fuego que consume al que lo porta, y que la única forma de apagarlo era dejar que alguien más compartiera la carga.

 

​Quatre hundió el rostro en el pecho de Trowa, aferrándose a su suéter recordó el momento en la guerra en que Trowa se interpuso en su camino para detener su locura, arriesgando su propia vida, fue el sacrificio de Trowa lo que transformó el odio de Quatre en un dolor sanador que  finalmente se transformó en amor.

 

​—A veces temo que el mundo vuelva a darnos razones para odiar —murmuró Quatre contra su pecho.

 

​Trowa lo apretó con más fuerza, su mirada fija en el horizonte estrellado tras la ventana.

 

​—Si el mundo nos devuelve al odio, lo enfrentaremos juntos —sentenció Trowa—. Porque ahora sé que incluso en medio del odio más puro, existe la posibilidad de encontrar un refugio... Tú eres mi refugio, Quatre.

 

​El violín permaneció en silencio el resto de la noche, el odio seguía ahí, en las cicatrices de sus cuerpos y en las sombras de sus memorias, pero ya no tenía poder sobre ellos.

 

Habían convertido las cenizas de su pasado en los cimientos de un futuro donde el único sentimiento que reinaba era la gratitud de haber sobrevivido a sí mismos.

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