24 jul 2026

Día 25: redención

El silencio del espacio profundo era el único juez que les quedaba, al interior de la pequeña nave espacial el parpadeo de las consolas proyectaba sombras largas sobre los rostros de Heero y Duo. Ya no había sirenas, ni botas golpeando el metal o balas surcando el aire, ni la mirada acusadora de un gobierno que los quería encadenar a su propia historia.

Heero observaba sus manos, durante años, esas manos habían sido herramientas de una justicia impuesta por otros, cargadas con el peso de órdenes que nunca cuestionó ya que le habían enseñado desde temprana edad a obedecer. Había pasado mucho tiempo tratando de compensar la destrucción que provocaron sus actos con una vigilancia eterna, creyendo que su utilidad como guardia era su única forma de pagar su deuda con el mundo, pero la traición de la Alianza le había revelado una verdad más simple.

-Heero... -Duo rompió el silencio, mirando por el cristal de la cabina hacia las estrellas distantes-. ¿Crees que alguna vez dejaremos de correr? ¿Crees que realmente podemos ser algo más que lo que ellos dicen que somos?

Heero se giró hacia él. Ya no veía al "Dios de la Muerte" que se ocultaba en las sombras, sino al hombre que le había enseñado que la vida tenía sabor, que el calor de una cama compartida valía más que cualquier victoria o alianza militar .

-No necesitamos que nos den permiso para ser libres, Duo -respondió Heero, y por primera vez, su voz no tenía el tono de un soldado informando detalles, sino el de alguien que finalmente ha soltado una carga muy pesada - No les debemos nada... Ni nuestra obediencia, ni nuestro martirio, y mucho menos nuestra esperanza .

Se levantó de su asiento y se acercó a Duo, tomando su mano. En ese contacto, Heero sintió que el círculo finalmente se cerraba.

Su camino hacia la luz no consistía en servir a una paz dictada por otros, sino en construir una propia. Su verdadera salvación no estaba en los tratados firmados en la Tierra, sino en la lealtad inquebrantable que se profesaban en ese vacío inmenso.

-Nuestra deuda con el pasado está pagada -continuó Heero-. A partir de ahora, cada aliento es nuestro. Cada kilómetro que recorramos lejos de sus guerras es nuestro regalo al mundo... y a nosotros mismos.

Duo apretó su mano y una paz genuina, una que no dependía de la ausencia de conflictos sino de la presencia de propósito, iluminó su rostro. Se inclinó hacia Heero, apoyando la frente contra la suya.

Ya no había manchas de sangre en sus consciencias que el amor no hubiera empezado a lavar, habían dejado de ser los niños que quemaron el cielo para convertirse en los hombres que heredarían las estrellas.

Heero activó el salto hiperespacial. No fijó las coordenadas hacia ninguna base conocida, sino hacia un sector donde ningún gobierno llegaba, un lienzo en blanco donde nadie conocía sus nombres ni sus pecados. La nave se impulsó hacia adelante, convirtiéndose en una mota de luz que desapareció en la inmensidad, dejando atrás las cenizas de la Alianza para abrazar, por fin, la claridad de su propia libertad.


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