Un hombre de mirada intensa y pocas palabras, que ahora se hacía llamar Odin, trabajaba en un taller de reparaciones mecánicas junto a su esposo un joven de risa fácil, mirada amatista y cabello largo hasta los hombros, recogido en una coleta sencilla, conocido por todos como Hades, servía bebidas en la taberna local.
Llevaban meses bajo esas pieles nuevas, habían enterrado sus nombres reales en el vacío del espacio, cubriendo sus rastros con una red de datos falsos que ni siquiera el sistema ZERO podría desentrañar, pero vivir en la penumbra tiene un precio, el aislamiento de todo lo que alguna vez amaron, sus amigos que consideraban familia.
Una tarde, mientras el televisor de la taberna escupía noticias ruidosas, Duo -o Hades- se quedó petrificado con una bandeja en la mano.
"Fuentes oficiales confirman que los restos hallados en el cañón de medio oriente pertenecen a la nave de los fugitivos Quatre Winner y Trowa Barton ambos terroristas ex pilotos de Gundams. No hubo supervivientes."
La bandeja que Duo sostenía resbaló, astillándose contra el suelo de madera, el sonido fue un eco de su propio corazón rompiéndose, Heero que estaba sentado en una esquina sombría, alzó la vista. Sus ojos se encontraron y en ese silencio compartido, el peso de la noticia los golpeó como una onda de choque.
Habían llegado a la Tierra buscando seguridad, solo para descubrir que el mundo se había vuelto un lugar mucho más solitario.
Pasaron semanas de un duelo silencioso, cargando con la verdad de una pérdida que no podían gritar a nadie. Sin embargo la mente de Heero era más rápida que su conciencia, y algunos habitos nunca cambian buscando información del accidente de sus amigos notó algo extraño en los informes técnicos de la zona del desastre que circulaban en las redes de contrabando, un detalle que solo un piloto de su calibre detectaría, el ángulo del impacto no coincidía con una caída accidental.
Siguiendo una corazonada que desafiaba toda lógica, se prepararon para viajar hacia el desierto, se movieron como fantasmas, evitando las patrullas, guiados por una señal encriptada que parecía un susurro en la estática de la radio.
Llegaron a una vieja construcción de adobe y paja oculta por las dunas y los espejismo producidos por el calor.
Al entrar, la oscuridad los recibió con el aroma a tierra y té de menta. Una figura alta, con el cabello cubriendo parte de su rostro, emergió de la penumbra apuntando los con un arma.
-Han tardado mucho en rastrear este secreto -dijo Trowa, bajando el arma al reconocer los ojos azules de Heero.
Detrás de él, Quatre apareció con una sonrisa débil pero llena de alivio , no hubo grandes exclamaciones dentro de ese refugio olvidado por Dios, los cuatro se miraron, reconociendo en los otros las mismas cicatrices y el mismo alivio de los que han regresado de la tumba.
-Pensamos que... -Duo no pudo terminar, su voz quebrándose mientras abrazaba a Quatre.
-Teníamos que dejar que el mundo creyera la mentira para poder proteger la verdad -respondió Quatre en un susurro-. Ahora, todos somos parte de lo mismo.
En esa habitación polvorienta, rodeados por el desierto, entendieron que su mayor triunfo no fue ganar la guerra, sino haber logrado que sus vidas fueran el único secreto que la Alianza nunca podrá descifrar.
Ya no eran cinco pilotos de Gundam, eran cuatro sombras que, por fin habían encontrado la paz en el único lugar donde nadie los buscaría: entre los vivos que el mundo dio por muertos.
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