Trowa se encontraba sentado frente al ventanal, observando las luces de la colonia con esa expresión imperturbable que solía alejar a los extraños. Sin embargo, cuando Quatre entró en la habitación llevando dos tazas de té, el rostro de Trowa se suavizó de una manera casi imperceptible para cualquiera que no fuera el joven de cabellos dorados.
-Te has quedado absorto de nuevo, Trowa -dijo Quatre con una sonrisa suave, dejando el té sobre la mesa.
Trowa lo miró y, por un segundo, se permitió perderse en el encanto de los ojos azul cielo de su compañero. Quatre tenía esa capacidad innata de suavizar los bordes afilados del mundo de un soldado.
-Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado todo -respondió Trowa con su voz pausada-. Hubo un tiempo en que el único encanto que encontraba en la vida era el riesgo de una misión o la precisión de un disparo. Ahora...
Hizo una pausa, extendiendo su mano para que Quatre la tomara. El contacto fue ligero, pero cargado de una electricidad reconfortante.
-Ahora el encanto reside en estas pequeñas cosas -continuó Trowa-. En el sonido de tu violín por las mañanas, en la forma en que cuidas de todos nosotros, incluso cuando no te lo pedimos. Tienes un encanto que me hace olvidar que alguna vez fuimos armas de guerra.
Quatre se sonrojó ligeramente, sentándose a su lado en el sofá. Para él, el encanto de Trowa no residía en su misterio, sino en su gran lealtad . Trowa era un hombre de pocas palabras, pero sus acciones lo decían todo.
-A veces me asusta que este encanto se rompa -confesó Quatre, apoyando la cabeza en el hombro del más alto-. Que el mundo exterior decida iniciar una nueva guerra donde debamos actuar nuevamente.
Trowa pasó un brazo alrededor de la cintura del rubio, atrayéndolo hacia sí.
-No dejaré que pase, Quatre. Hemos luchado lo suficiente para ganar este derecho. El encanto de nuestra paz es mi prioridad ahora. Si alguien intenta arrebatárnoslo, descubrirán que el soldado que fui sigue aquí, solo que ahora tiene una razón real para pelear.
Se quedaron así, en un silencio cómodo que no necesitaba ser llenado, su relación no necesitaba de grandes gestos ni de declaraciones ruidosas, se alimentaba de la comprensión mutua, de la paz que solo dos almas que han visto el horror pueden apreciar verdaderamente cuando encuentran el amor.
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