El regreso al departamento debería haber sido el final de la pesadilla, pero para Heero, el silencio de las paredes blancas del hospital había sido reemplazado por un ruido que cada vez se hacía más fuerte en su mente.
Duo estaba radiante. Se movía por la cocina con una energía renovada, tarareando una melodía de alguna vieja canción de las que solía escuchar en su orfanato junto a las monjas, mientras preparaba algo para comer. Sin embargo, Heero lo observaba desde el sofá, con la costilla aún vendada y el corazón extrañamente oprimido. La imagen de la enfermera pelirroja y la facilidad con la que Duo se desenvolvía con los demás no dejaba de dar vueltas en su cabeza.
—Heero, ¿estás bien? Estás más silencioso de lo normal, y eso ya es decir mucho —dijo Duo, acercándose con una taza de té de manzanilla.
Heero tomó la taza, pero no bebió. Sus ojos se fijaron en un pequeño sobre que asomaba del bolso de Duo, el mismo que trajo del hospital.
—Esa mujer... la enfermera —soltó Heero con voz ronca—. Te dio algo antes de salir, pude ver cómo te entregaba un sobre.
Duo parpadeó, confundido para luego soltar una risa nerviosa que a Heero le supo amargo.
—Ah, eso. Solo era su número de contacto por si tenías alguna recaída con la herida o nesecitamos ayuda médica...
—Recaída? Tanto tu cómo yo tenemos suficiente conocimiento para curar nuestras propias heridas, además para eso está el servicio de emergencias de la colonia, no el teléfono personal de una enfermera que no dejaba de tocarte el brazo —replicó Heero, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco.
Se puso de pie, ignorando el pinchazo de dolor en su costado, y caminó hacia la ventana que mostraba el vacío estrellado del espacio.
Duo se quedó gélido. La palabra resonó en el pequeño departamento como un disparo. Se acercó a Heero, pero esta vez no hubo bromas ni guiños.
—¿De qué hablas?_ respondió el trenzado con un claro tono de reproche _ ¿Crees que yo sería capaz de...?
—Hablo de que podrías buscar en otros la calidez que yo no sé cómo darte —lo interrumpió Heero, girándose para enfrentarlo con una mirada cargada de una vulnerabilidad aterradora— Hablo de que me aterra que un día te des cuenta de que un soldado roto no es suficiente, que busques fuera lo que yo no sé darte, el solo hecho de que consideres que alguien más podría hacerte sonreír mejor que yo, se siente como una traición.
Duo lo tomó de la camisa, obligándolo a fijar la vista en él. Sus ojos violetas estaban llenos de una chispa de indignación, pero también de un amor profundo.
—Escúchame bien, Heero Yuy. No vuelvas a usar esa palabra entre nosotros. No hay infidelidad posible cuando mi alma está encadenada a la tuya desde que teníamos quince años, desde casi matarte con esa bala que adorna nuestra sala en especial por todas las cosas que vivimos juntos, esa enfermera es solo ruido de fondo, pero tu eres mi música.
Duo lo abrazó con cuidado de no lastimar su costilla, escondiendo el rostro en su pecho. Heero cerró los ojos y por primera vez en días, el nudo en su garganta comenzó a ceder. Entendió que su mayor enemigo no era una pelirroja coqueta, su peor enemigo eran todas sus inseguridades que dejaba gobernar sus sentimientos cuando se sentía vulnerable...
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