El frío del subnivel 4 no era solo ambiental, se sentía como una presión que se instalaba en la base de los pulmones. Heero y Duo se movían entre las tuberías de refrigeración, el eco de sus propias pisadas devolviéndoles una burla constante.
Atrás, el sonido de las botas tácticas golpeando el metal era un recordatorio rítmico de que el cerco se cerraba.
Duo sentía un nudo que le impedía tragar, sus manos, ágiles para forzar cualquier cerradura, resbalaban sobre el teclado de la escotilla de emergencia, un sudor frío le escocía en los ojos, en ese momento sentía miedo, pero no miedo a la muerte -había bailado con ella demasiadas veces-, era esa sensación punzante de que el suelo se había desintegrado bajo sus pies. Todo lo que habían construido se estaba escurriendo entre sus dedos como arena fina.
-No abre, Heero... el código no reconoce la entrada -la voz de Duo salió quebrada, un hilo fino que amenazaba con romperse- Cambiaron las frecuencias, dedujeron que intentaríamos escapar .
Heero se pegó a la pared, con el arma en alto, vigilando el pasillo en sombras, su rostro era una máscara de piedra, pero su mandíbula estaba tan apretada que los músculos le temblaban. Sus ojos azules escaneaban la oscuridad con una intensidad frenética, buscando una salida que la lógica le decía que no existía. Cada segundo que pasaba, el espacio se sentía más pequeño, el oxígeno más denso, la esperanza más débil
-Usa el bypass manual -ordenó Heero. Su tono era cortante, pero Duo detectó la vibración diferente, esa nota de urgencia que Heero solo emitía cuando el cálculo de probabilidades rozaba el cero.
-¡Lo estoy intentando! -Duo golpeó el panel con el puño, una reacción visceral ante la impotencia-. Nos han borrado, Heero. No existimos para el sistema. Somos fantasmas en una ratonera.
El sonido de un dron de reconocimiento zumbó sobre sus cabezas. Duo se pegó al pecho de Heero, buscando ese calor familiar, pero incluso el latido de su compañero era un tambor desbocado. La realidad los golpeaba: estaban solos, señalados por la misma mano que habían estrechado en señal de paz.
La angustia no era un grito, era ese silencio ensordecedor que te dice que no hay ningún lugar a donde ir, que cada puerta lleva a un muro y que el mañana es una promesa que se acaba de romper.
Heero lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarlo. En sus ojos no había planes de batalla, sino una necesidad primaria de aferrarse a lo único real que quedaba.
-Mírame, Duo. No pienses en el sistema. Piensa en nosotros.
Duo tomó una bocanada de aire temblorosa, tratando de llenar ese hueco negro que sentía en el estómago que sin duda era ansiedad . El mundo exterior era un enemigo inmenso y traidor, y por primera vez en años, la luz al final del túnel parecía haberse apagado para siempre.
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