-Trowa, el radar indica que están sobre nosotros -dijo Quatre, su voz extrañamente calmada, envuelta en esa paz que solo llega cuando se acepta el final del camino.
Trowa no miró las pantallas. Sus ojos estaban fijos en el abismo que se abría frente a ellos, una garganta de piedra y sombras donde el viento aullaba como un lamento.
Sabía que la Alianza no se detendría hasta ver cenizas, para el mundo, los pilotos de Gundam eran leyendas, y las leyendas solo son seguras cuando están tres metros bajo tierra.
-Es el momento -susurró Trowa.
No hubo una despedida dramática , en ese espacio confinado, rodeados por el olor a metal quemado era el fin de todas las cosas, se tomaron de la mano, la sensación que los rodeaba era de una quietud absoluta, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes del impacto, la persecución los había llevado al límite de la existencia, al punto donde la luz se apaga y solo queda el vacío.
Desde el cielo, los pilotos de la Alianza observaron cómo la nave se estrellaba contra el lecho rocoso del cañón, la explosión era una flor de fuego naranja y negro que iluminó las paredes de piedra, seguida por un derrumbe masivo que sepultó los restos bajo toneladas de granito, en las frecuencias de radio, solo quedó la estática, no hubo señales de vida, ni transmisiones de emergencia. Solo un silencio denso, pesado, definitivo.
-Objetivos eliminados -informó el comandante de la unidad por el canal oficial.
Sin embargo, en la profundidad de una cueva natural oculta por el humo y el caos del derrumbe, dos figuras emergieron de las sombras, estaban cubiertas de polvo y ceniza, sus ropas desgarradas, pero sus corazones latían con una fuerza renovada.
Habían dejado atrás sus nombres, sus rangos y sus pesadillas en aquel incendio. Para el sistema, Quatre Winner y Trowa Barton habían dejado de respirar bajo los escombros.
Quatre miró hacia la boca de la cueva, donde el humo empezaba a disiparse, revelando un cielo terrestre inmenso y ajeno. Se sentía ligero, como si el peso de su propia historia se hubiera quemado en la explosión.
-Se acabó, Trowa -murmuró, sintiendo que el frío del final había sido reemplazado por el calor de un nuevo comienzo.
Trowa asintió, ajustándose la mochila con suministros que habían logrado sacar antes del impacto controlado, ya no eran piezas de ajedrez en un tablero político, ahora eran solo dos hombres caminando hacia el horizonte de un mundo que ya no los buscaba, habían cruzado el umbral de lo irreversible para encontrar, en ese silencio absoluto, la libertad que solo se encuentra cuando se ha perdido todo.
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