14 jul 2026

dia 14 daño

 

Daño

 

Hubo un tiempo en que la palabra daño no era una abstracción emocional para Heero y Duo, era más bien una medida estadística. En la cabina del Wing y del Deathscythe, el daño se calculaba en porcentajes de blindaje perdido, en litros de combustible derramado, pero el daño más profundo era el que no aparecía en los monitores.

 

Sucedió después de una de sus incontables batallas, Duo había regresado a la base secreta con el hombro dislocado y la mirada inusualmente apagada. Heero lo encontró en el hangar, intentando vendarse solo con manos temblorosas.

 

-Déjame -dijo Heero, arrebatándole la venda con una brusquedad que ocultaba una urgencia desesperada por ayudar.

 

-Es solo un rasguño, Heero. He sufrido más daño cayéndome de un árbol de pequeño -intentó bromear Duo, pero la risa se transformó en un gemido de dolor cuando Heero aplicó presión.

 

Heero se detuvo, sus ojos azules se clavaron en los de Duo en aquel entonces, Heero no sabía cómo consolar, solo sabía como matar, para él, Duo era la única pieza de ese mundo caótico que valía la pena mantener intacta lo más posible.  verlo herido le provocaba una sensación de cortocircuito interno que no sabía nombrar o explicar.

 

-El daño físico se cura -sentenció Heero, su voz vibrando con una intensidad contenida- pero te estás rompiendo por dentro. Duo, tu tasa de error en combate ha subido un 15%, estás dejando que la guerra te haga un daño que no puedo reparar con herramientas.

 

Duo bajó la cabeza, dejando que su larga trenza despeinada cayera sobre su hombro.

 

-¿Y tú no, Heero? Te tratas como si fueras una máquina desechable. Te lanzas al peligro como si no importara cuánto daño reciba tu cuerpo, me aterra que un día te rompas tanto que no quede nada de ti para que yo pueda encontrarlo.

 

En ese momento, en la penumbra del hangar, ambos comprendieron que se estaban haciendo daño mutuamente de la forma más suave posible, preocupándose el uno por el otro en un mundo que les exigía ser despiadados.

 

Cada herida de Heero era un golpe al corazón de Duo, y cada lágrima contenida de Duo era un fallo en el sistema operativo de Heero.

 

-Prométeme algo -susurró Duo, rompiendo el silencio- prométeme que, si sobrevivimos a esto, dejaremos de hacernos tanto daño, que buscaremos una vida donde las cicatrices solo sean recuerdos, no heridas abiertas.

 

Heero no prometió nada con palabras, pues los soldados no hacían promesas que el destino podía romper. En su lugar, terminó de vendar a Duo con una delicadeza que contradecía su entrenamiento, asegurándose de que cada nudo fuera firme.

 

Ese fue el día en que Heero entendió que su misión no era solo ganar la guerra, sino minimizar el daño en el alma del chico de la trenza. Años después, mientras preparaba el regalo de cumpleaños de Duo, Heero todavía recordaba aquel hangar y agradecía que, por fin, el único daño que existía entre ellos era el miedo irracional a la ausencia, un dolor que solo el amor era capaz de sanar.

 

Encanto

Si Duo era el estrépito de una tormenta y Heero el rayo que la cruzaba, Quatre y Trowa eran la calma que quedaba después de la lluvia. En el apartamento de los Winner, la palabra encanto no se usaba para describir algo superficial; era la definición misma de su convivencia.

 

​Trowa se encontraba sentado frente al ventanal, observando las luces de la colonia con esa expresión imperturbable que solía alejar a los extraños. Sin embargo, cuando Quatre entró en la habitación llevando dos tazas de té, el rostro de Trowa se suavizó de una manera casi imperceptible para cualquiera que no fuera el joven de cabellos dorados.

 

​-Te has quedado absorto de nuevo, Trowa -dijo Quatre con una sonrisa suave, dejando el té sobre la mesa.

 

​Trowa lo miró y, por un segundo, se permitió perderse en el encanto de los ojos azul cielo de su compañero. Quatre tenía esa capacidad innata de suavizar los bordes afilados del mundo de un soldado.

 

​-Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado todo -respondió Trowa con su voz pausada-. Hubo un tiempo en que el único encanto que encontraba en la vida era el riesgo de una misión o la precisión de un disparo. Ahora...

 

​Hizo una pausa, extendiendo su mano para que Quatre la tomara. El contacto fue ligero, pero cargado de una electricidad reconfortante.

 

​-Ahora el encanto reside en estas pequeñas cosas -continuó Trowa-. En el sonido de tu violín por las mañanas, en la forma en que cuidas de todos nosotros, incluso cuando no te lo pedimos. Tienes un encanto que me hace olvidar que alguna vez fuimos armas de guerra.

 

​Quatre se sonrojó ligeramente, sentándose a su lado en el sofá. Para él, el encanto de Trowa no residía en su misterio, sino en su gran lealtad . Trowa era un hombre de pocas palabras, pero sus acciones lo decían todo.

 

​-A veces me asusta que este encanto se rompa -confesó Quatre, apoyando la cabeza en el hombro del más alto-. Que el mundo exterior decida iniciar una nueva guerra donde debamos actuar nuevamente.

 

​Trowa pasó un brazo alrededor de la cintura del rubio, atrayéndolo hacia sí.

 

​-No dejaré que pase, Quatre. Hemos luchado lo suficiente para ganar este derecho. El encanto de nuestra paz es mi prioridad ahora. Si alguien intenta arrebatárnoslo, descubrirán que el soldado que fui sigue aquí, solo que ahora tiene una razón real para pelear.

 

​Se quedaron así, en un silencio cómodo que no necesitaba ser llenado, su relación no necesitaba de grandes gestos ni de declaraciones ruidosas, se alimentaba de la comprensión mutua,  de la paz que solo dos almas que han visto el horror pueden apreciar verdaderamente cuando encuentran el amor.

 

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