Daño
Hubo un
tiempo en que la palabra daño no era una abstracción emocional para Heero y
Duo, era más bien una medida estadística. En la cabina del Wing y del
Deathscythe, el daño se calculaba en porcentajes de blindaje perdido, en litros
de combustible derramado, pero el daño más profundo era el que no aparecía en
los monitores.
Sucedió
después de una de sus incontables batallas, Duo había regresado a la base
secreta con el hombro dislocado y la mirada inusualmente apagada. Heero lo
encontró en el hangar, intentando vendarse solo con manos temblorosas.
-Déjame
-dijo Heero, arrebatándole la venda con una brusquedad que ocultaba una
urgencia desesperada por ayudar.
-Es solo un
rasguño, Heero. He sufrido más daño cayéndome de un árbol de pequeño -intentó
bromear Duo, pero la risa se transformó en un gemido de dolor cuando Heero
aplicó presión.
Heero se
detuvo, sus ojos azules se clavaron en los de Duo en aquel entonces, Heero no
sabía cómo consolar, solo sabía como matar, para él, Duo era la única pieza de
ese mundo caótico que valía la pena mantener intacta lo más posible. verlo
herido le provocaba una sensación de cortocircuito interno que no sabía nombrar
o explicar.
-El daño
físico se cura -sentenció Heero, su voz vibrando con una intensidad contenida-
pero te estás rompiendo por dentro. Duo, tu tasa de error en combate ha subido
un 15%, estás dejando que la guerra te haga un daño que no puedo reparar con
herramientas.
Duo bajó la
cabeza, dejando que su larga trenza despeinada cayera sobre su hombro.
-¿Y tú no,
Heero? Te tratas como si fueras una máquina desechable. Te lanzas al peligro
como si no importara cuánto daño reciba tu cuerpo, me aterra que un día te
rompas tanto que no quede nada de ti para que yo pueda encontrarlo.
En ese
momento, en la penumbra del hangar, ambos comprendieron que se estaban haciendo
daño mutuamente de la forma más suave posible, preocupándose el uno por el otro
en un mundo que les exigía ser despiadados.
Cada herida
de Heero era un golpe al corazón de Duo, y cada lágrima contenida de Duo era un
fallo en el sistema operativo de Heero.
-Prométeme
algo -susurró Duo, rompiendo el silencio- prométeme que, si sobrevivimos a
esto, dejaremos de hacernos tanto daño, que buscaremos una vida donde las
cicatrices solo sean recuerdos, no heridas abiertas.
Heero no
prometió nada con palabras, pues los soldados no hacían promesas que el destino
podía romper. En su lugar, terminó de vendar a Duo con una delicadeza que
contradecía su entrenamiento, asegurándose de que cada nudo fuera firme.
Ese fue el
día en que Heero entendió que su misión no era solo ganar la guerra, sino
minimizar el daño en el alma del chico de la trenza. Años después, mientras
preparaba el regalo de cumpleaños de Duo, Heero todavía recordaba aquel hangar
y agradecía que, por fin, el único daño que existía entre ellos era el miedo
irracional a la ausencia, un dolor que solo el amor era capaz de sanar.
Encanto
Si Duo era
el estrépito de una tormenta y Heero el rayo que la cruzaba, Quatre y Trowa
eran la calma que quedaba después de la lluvia. En el apartamento de los
Winner, la palabra encanto no se usaba para describir algo superficial; era la
definición misma de su convivencia.
Trowa se
encontraba sentado frente al ventanal, observando las luces de la colonia con
esa expresión imperturbable que solía alejar a los extraños. Sin embargo,
cuando Quatre entró en la habitación llevando dos tazas de té, el rostro de
Trowa se suavizó de una manera casi imperceptible para cualquiera que no fuera
el joven de cabellos dorados.
-Te has
quedado absorto de nuevo, Trowa -dijo Quatre con una sonrisa suave, dejando el
té sobre la mesa.
Trowa lo
miró y, por un segundo, se permitió perderse en el encanto de los ojos azul
cielo de su compañero. Quatre tenía esa capacidad innata de suavizar los bordes
afilados del mundo de un soldado.
-Solo
pensaba en lo mucho que ha cambiado todo -respondió Trowa con su voz pausada-.
Hubo un tiempo en que el único encanto que encontraba en la vida era el riesgo
de una misión o la precisión de un disparo. Ahora...
Hizo una
pausa, extendiendo su mano para que Quatre la tomara. El contacto fue ligero,
pero cargado de una electricidad reconfortante.
-Ahora el
encanto reside en estas pequeñas cosas -continuó Trowa-. En el sonido de tu
violín por las mañanas, en la forma en que cuidas de todos nosotros, incluso
cuando no te lo pedimos. Tienes un encanto que me hace olvidar que alguna vez
fuimos armas de guerra.
Quatre se
sonrojó ligeramente, sentándose a su lado en el sofá. Para él, el encanto de
Trowa no residía en su misterio, sino en su gran lealtad . Trowa era un hombre
de pocas palabras, pero sus acciones lo decían todo.
-A veces me
asusta que este encanto se rompa -confesó Quatre, apoyando la cabeza en el
hombro del más alto-. Que el mundo exterior decida iniciar una nueva guerra
donde debamos actuar nuevamente.
Trowa pasó
un brazo alrededor de la cintura del rubio, atrayéndolo hacia sí.
-No dejaré
que pase, Quatre. Hemos luchado lo suficiente para ganar este derecho. El
encanto de nuestra paz es mi prioridad ahora. Si alguien intenta
arrebatárnoslo, descubrirán que el soldado que fui sigue aquí, solo que ahora
tiene una razón real para pelear.
Se quedaron
así, en un silencio cómodo que no necesitaba ser llenado, su relación no
necesitaba de grandes gestos ni de declaraciones ruidosas, se alimentaba de la
comprensión mutua, de la paz que solo
dos almas que han visto el horror pueden apreciar verdaderamente cuando
encuentran el amor.
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