2 jul 2026

DIA 2 recuerdos

 Se encontraba solo en casa. Heero estaba en una misión que, lamentablemente, se había retrasado unos días más de lo habitual. Hoy, por fin, él regresaría . Aunque solo había pasado una semana en la Tierra, la ausencia se sentía como un invierno prolongado; L2 podía estar llena de vida y gente, pero sin Heero, la colonia no era más que un cascarón de metal vacío.

​Tenía la tarde libre en Preventers y, para acallar la ansiedad de la espera, comenzó a revisar las cajas que aún se amontonaban por el lugar.

Llevaban tres meses compartiendo el mismo techo y, sin embargo, él aún no terminaba de desempacar. No era falta de tiempo, sino una resistencia silenciosa de su propio corazón,  todavía albergaba el miedo irracional de que, en cualquier momento, Heero despertara, mirara a su alrededor y se arrepintiera de esa domesticidad compartida. Dejar las cajas cerradas era, en su mente, una forma de estar listo para desaparecer si el sueño se terminaba.

​Sus dedos rozaron el cartón de una caja etiquetada como «tesoros». Al sentarse en la cama y abrirla, el pasado lo golpeó de frente. No eran joyas, sino fragmentos de una vida que no debería haber sobrevivido,identificaciones con nombres que ya no usaba, fotos desgastadas de los otros pilotos junto a los colosos de acero que alguna vez fueron sus únicos hogares, y recuerdos de su primer viaje a la Tierra.

​En el fondo, envuelto con un cuidado casi religioso, estaba el revólver.

​Lo sostuvo con una mezcla de ironía y ternura. Era el arma con la que le había disparado a Heero. Resultaba retorcido conservar el instrumento que casi aniquila al amor de su vida, pero para él, ese disparo fallido fue el momento en que sus destinos se entrelazaron de forma definitiva. Ese revólver no simbolizaba la muerte, sino el milagro de haber fallado; la prueba de que, incluso en medio del caos, algo más fuerte que la guerra los había mantenido cerca.

​El sonido de su móvil rompió el trance. Un mensaje corto, al estilo de Heero: «Llegaré por la noche».

​Ese pequeño texto fue suficiente para disipar las sombras de la duda. Se levantó con una resolución renovada y tomó el revólver junto a unas fotografías enmarcadas. Se dirigió a la repisa de la habitación, el espacio que Heero ya había colocado  sus propios objetos, entre ellos, la bala que una vez casi lo mata. Al colocar sus tesoros junto a los de Heero, extrañamente porfin se sintió en casa.



No hay comentarios: