El frío no era como el de la colonia espacial, era un frío
húmedo, que le calaba en los huesos, corría por los pasillos del orfanato de la
iglesia del padre Maxwell, pero las paredes ya no eran de madera, sino de flama
, llamas que consumían las pocas pertenencias que poseían.
-¡Padre Maxwell! ¡Hermana Helen! -gritaba, pero su voz
sonaba pequeña como las de un niños, al mirar sus manos se dió cuenta que
volvía a tener 7 años.
Vio a sus pequeños amigos ,ser consumidor por las llamas, ya
no recordaba sus rostros ahora eran figuras borrosas transformándose en cenizas
ante sus ojos orquestado por gritos de dolor.
El pecho le apretaba , la ansiedad le cerraba la garganta no
era un dolor físico, era el vacío absoluto de perderlo todo una vez mas, que lo
más cercano a una familia que tenía se volvía cenizas. Se sentía como un
espectro caminando entre las ruinas de lo único que había llamado hogar alguna
vez en su corta vida , la soledad se sentía como una mano de hierro apretando
su corazón sin piedad .
-¡No me dejen solo! -sollozó en la oscuridad del sueño,
mientras el techo se desplomaba sobre él
Duo despertó de golpe, con un grito mudo atrapado en su
garganta, sudando frío con su respiración entrecortada mientras su cuerpo
temblaba como aquella vez que lograron salvarlo solamente porque no estaba en
los dormitorios con los demás niños.
-Duo... Duo, mírame,
La voz era profunda, calmada , Heero estaba sentado a un
lado de la cama que compartían ,con su presencia llenaba todo el espacio que
antes ocupaba el miedo.
Con una lentitud deliberada, Heero tomó las manos
temblorosas de Duo entre las suyas de forma firme devolviendo a Duo a la
realidad poco a poco, la seguridad de su hogar compartido.
-Se han ido, Heero... todos se han ido -susurró Duo, con la
voz rota, escondiendo el rostro en el hueco del hombro del castaño.
Heero lo rodeó con sus brazos, envolviendolo en un abrazo
buscando protegerlo ,apoyó su mejilla contra la frente de Duo, dejando que el
calor de su piel actuara como el antídoto contra el frío recuerdo.
-Yo estoy aqui-sentenció Heero cerca de su oído- No eres el
único que queda, Duo. Somos dos ahora, somos familia.
Duo se aferró al pecho de Heero, dejando que las lágrimas
finalmente salieran, de forma rítmica tranquila, en ese abrazo, el dolor de la
pérdida de su infancia comenzó a transformarse. Ya no era un niño solo en una
iglesia en llamas, era un hombre amado, por alguien que comprendía el peso de
las cicatrices porque cargaba con las suyas propias.
Poco a poco, el latido del corazón de Heero se convirtió en
el único ritmo que importaba, la única ancla que necesitaba para volver a la
tranquilidad de su corazón
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