11 jul 2026

dia 11

El frío no era como el de la colonia espacial, era un frío húmedo, que le calaba en los huesos, corría por los pasillos del orfanato de la iglesia del padre Maxwell, pero las paredes ya no eran de madera, sino de flama , llamas que consumían las pocas pertenencias que poseían.

 

-¡Padre Maxwell! ¡Hermana Helen! -gritaba, pero su voz sonaba pequeña como las de un niños, al mirar sus manos se dió cuenta que volvía a tener 7 años.

 

Vio a sus pequeños amigos ,ser consumidor por las llamas, ya no recordaba sus rostros ahora eran figuras borrosas transformándose en cenizas ante sus ojos orquestado por gritos de dolor.

 

El pecho le apretaba , la ansiedad le cerraba la garganta no era un dolor físico, era el vacío absoluto de perderlo todo una vez mas, que lo más cercano a una familia que tenía se volvía cenizas. Se sentía como un espectro caminando entre las ruinas de lo único que había llamado hogar alguna vez en su corta vida , la soledad se sentía como una mano de hierro apretando su corazón sin piedad .

 

-¡No me dejen solo! -sollozó en la oscuridad del sueño, mientras el techo se desplomaba sobre él

 

Duo despertó de golpe, con un grito mudo atrapado en su garganta, sudando frío con su respiración entrecortada mientras su cuerpo temblaba como aquella vez que lograron salvarlo solamente porque no estaba en los dormitorios con los demás niños.

 

-Duo... Duo, mírame,

La voz era profunda, calmada , Heero estaba sentado a un lado de la cama que compartían ,con su presencia llenaba todo el espacio que antes ocupaba el miedo.

 

Con una lentitud deliberada, Heero tomó las manos temblorosas de Duo entre las suyas de forma firme devolviendo a Duo a la realidad poco a poco, la seguridad de su hogar compartido.

 

-Se han ido, Heero... todos se han ido -susurró Duo, con la voz rota, escondiendo el rostro en el hueco del hombro del castaño.

 

Heero lo rodeó con sus brazos, envolviendolo en un abrazo buscando protegerlo ,apoyó su mejilla contra la frente de Duo, dejando que el calor de su piel actuara como el antídoto contra el frío recuerdo.

 

-Yo estoy aqui-sentenció Heero cerca de su oído- No eres el único que queda, Duo. Somos dos ahora, somos familia.

 

Duo se aferró al pecho de Heero, dejando que las lágrimas finalmente salieran, de forma rítmica tranquila, en ese abrazo, el dolor de la pérdida de su infancia comenzó a transformarse. Ya no era un niño solo en una iglesia en llamas, era un hombre amado, por alguien que comprendía el peso de las cicatrices porque cargaba con las suyas propias.

 

Poco a poco, el latido del corazón de Heero se convirtió en el único ritmo que importaba, la única ancla que necesitaba para volver a la tranquilidad de su corazón


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